La cultura de la cancelación no es como nos la pintan

La semana del 12 de junio parecía que sólo existía un tema en todos los medios: una supuesta campaña para cancelar a Los Ángeles Azules y su canción «17 años». No hubo medio digital que entre el 12 y el 15 de junio no se subiera al tren con exactamente la misma narrativa: una horda de activistas se salieron de control y quieren ahora que la famosa cumbia no se toque en bodas y XV años.

Sin embargo, al leer las notas, al revisar el trending topic en Twitter podías darte cuenta que no existía ninguna cancelación, ninguna horda de centennials, nada: sólo gente que reaccionaba de forma negativa a la información. Las notas, por cierto, se basaban en un solo tuit publicado por un psicólogo el 6 de junio (el mensaje ya había sido borrado para el día 12), que apuntaba una crítica puntual y repetida hasta el cansancio de la famosa canción.

Miles de personas en redes (y cientos de redactores y editores en medios) tomaron como real una «cancelación» inexistente. Por ello, es necesario entender cómo fue que llegamos al punto en el que desde los medios digitales se aprovecha un eufemismo contra disidencias sexogenéricas, activistas de derechos humanos y activismos feministas para ganar visitas por parte de una audiencia que ya da por sentado dos cosas:

  1. Que la cultura de la cancelación existe.
  2. Que está coordinada por una hora de usuarios de redes sociales «demasiado sensibles».

Si bien el término que se lee hasta el cansancio es «cultura de la cancelación», este tipo de notas, esta reacción en redes sociales a las críticas puntuales a productos culturales problemáticos y estas peleas «inexistentes» no son nuevas: hasta hace dos años el empleábamos la frase «políticamente correcto».

La «cultura de la cancelación» existe, pero no es cultura ni es, en realidad, una cancelación.

Raúl Cruz

Para marzo de este año, el término «cultura de la cancelación» era utilizado solamente por tres tipos de personajes en redes sociales: activistas de derecha antiLGBT+, medios que cubren cultura geek (y que replican lo más tóxico de ésta) y un par de feministas transexcluyentes españolas. Fue la cobertura mediática de diversas notas de medios de derecha estadunidenses lo que popularizó el término que, hoy, es ya usado para todo: defenderse de acusaciones de fraude, proteger a personas transfóbicas, descartar procesos judiciales, en fin.

Partamos de algo claro: la «cultura de la cancelación» existe, pero no es cultura ni es, en realidad, una cancelación. Podría decirse que es un término paraguas que abarca múltiples significados que dependen, directamente, de los grupos que lo estén utilizando.

Para grupos activistas de derechos humanos, antirracistas y feministas, la «cancelación» funciona como un punitivismo performativo: es el acto de señalar incongruencias, contradicciones o «fallos» personales de compañeres que chocan con los valores y luchas que enarbolan. Es una declaración hecha en redes sociales con la presunta intención de generar un cambio a partir o de la vergüenza o del miedo. Gente como Natalie Wynn, Linday Ellis y el podcast Afrochingonas han hecho críticas largas y puntuales a este punitivismo, atravesadas por sus propias experiencias siendo «canceladas».

Otro uso que le han dado a la frase es para impulsar campañas más amplias que buscan responsabilizar de forma pública (el término en inglés es «accountability», pero no hay una traducción precisa al español) a figuras «intocables» por su posición de poder y privilegios. Las funas y escraches podrían entrar en esta categoría: son mecanismos públicos y confidenciales  que buscan señalar no sólo los fallos de individuos, sino los fracasos del sistema para que aquellos paguen a la sociedad y a sus víctimas por los daños causados.

El movimiento #MeToo, con todas las críticas que se le puedan hacer, fue un ejercicio internacional necesario de «cancelación» antes de que se hablara de ésta en los términos actuales, y partió desde activismos de mujeres afrodescendientes en Estados Unidos (tal como ocurrió después con #BlackLivesMatter) y logró replicarse en múltiples países y en sus propios contextos políticos, culturales y sociales específicos.

Funas y escraches son mecanismos públicos y confidenciales  que buscan señalar no sólo fallos de individuos, sino fracasos del sistema para que aquellos paguen a la sociedad y a sus víctimas.

Raúl Cruz

Un tercer uso del término «cultura de la cancelación» es la armamentación de estos dos últimos: es decir, la equiparación retórica de los dos polos de significado para abarcar y, de paso, cancelar (sin ironía de por medio) como válido cualquier reclamo hecho por las «hordas» anónimas que buscan tumbar a algún personaje poderoso. Esta última acepción es la que se ha convertido en la más generalizada, e incluso ha sido utilizada por analistas políticos en México para escribir libros (Olabuenaga, Linchamientos digitales) y denostar cualquier crítica, como si éstas significaran una «nueva censura» que rebasa al aparato del Estado, a los medios y a cualquier gate-keeper tradicional.

A través de CrowdTangle, herramienta de análisis y monitoreo de Facebook, pude constatar que de enero a marzo de este año (justo antes de que disparara la tormenta de notas de «cancelaciones» de series, personajes y canciones) fueron pocas las menciones del término «cultura de la cancelación». Prácticamente ningún medio masivo utilizaba esa frase. Sólo Imagen Televisión lo hizo en una entrevista que Nacho Lozano hizo a Ana María Olabuenaga a propósito del bloqueo de casi todas las cuentas de Donald Trump en redes sociales.

Además de un par de notas de medios pequeños sobre el despido de celebridades con historial racista, homofóbico o transfóbico, la «cancelación» sólo se refería a la tercera acepción que aquí revisamos por sitios católicos que, incluso, tenían oraciones pensadas específicamente para quienes «se atreven a hablar de la Verdad» y no ponen su fe en Dios.

Los cambios semánticos en la lengua, como no pasa con los gramaticales, pueden ser tan acelerados que no dan oportunidad para que se defina claramente el uso de una palabra, y ése es justamente el caso que tenemos con la frase «cultura de la cancelación». Lo único en lo que estamos de acuerdo es que hay una conversación que es activamente silenciada del espacio público, y no tiene nada que ver con caricaturas que sí normalizaban el acoso, con canciones que idealizan relaciones amorosas desiguales o con fascistas que incitaron un golpe de Estado en Washington, D.C.

Urgen medios, pero en específico editores y redactores que comprendan las repercusiones de sus notas.

Raúl cruz

Los daños del periodismo del clic

No me malentiendan: las notas de perritos adorables que hacen de todo por ser adoptados, o las historias de familias homofóbicas que entendieron sus errores me parecen de lo mejor que hay Internet. Además, en mi experiencia como editore digital, sé que dan muchos, muchos clics. Sin embargo, hay otro sentimiento, en el polo opuesto, que también genera clics: el rechazo.

Si algo tienen en común las notas sobre las falsas «cancelaciones» es el tono de desprecio hacia quienes señalan lo problemático de una canción o una caricatura, es el mismo tono que todes hemos leído en comentarios de Facebook que desprecian no tanto la crítica, sino la amenaza de exigir autocrítica.

De las decenas y decenas de notas que leí sobre «17 años», de Los Ángeles Azules, la única que se tomó el tiempo para verificar que se trataba de una falsa cancelación y para abordar el contexto de agresiones sexuales impunes contra menores de edad en México fue la de Cassandra Moya, para Erizos: hace una revisión del Código Penal, buscó más tuits de hace mucho más tiempo en donde se hacen las mismas críticas y contextualizó el mame con la falsedad de las cancelaciones.

Urgen medios, pero en específico editores y redactores que comprendan las repercusiones de sus notas, el impacto de tomar a la ligera cualquier tema con tal de generar clics: si hemos aprendido a cubrir con mucho más cuidado las muertes por suicidio, ¿por qué no podemos parar y preguntarnos a quién estamos afectando y a quién realmente estamos cancelando con estas notas?

No tengo ninguna respuesta clara frente a esta nueva oleada de «cancelaciones», sólo espero que pase pronto y quede cancelada definitivamente.

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