La gestación subrogada, lo trans y el feminismo

Gestación subrogada

En los últimos años el debate alrededor de la gestación subrogada se ha vuelto un significante en disputa al que se han trasladado los conflictos y antagonismos entre feministas transodiantes y transfeministas. Por un lado, las primeras movilizan un discurso en que se busca imputar al conjunto de las personas trans la agenda de la gestación subrogada. Se argumenta que las políticas trans están aparejadas a estos proyectos moralmente cuestionables, al ser el sujeto trans consumidor y promotor de estos proyectos tecnológicos.

En cambio, del otro lado, muchxs transfeministas han comenzado a movilizar y defender la agenda de la gestación subrogada por considerar que ésta es rechazada por las mismas feministas transodiantes (veánse las declaraciones de la feminista española Lidia Falcón en relación con el tema) con argumentos similares con los que se busca rechazar la existencia trans y el trabajo sexual. Se dice que el reconocimiento de principios como la autonomía corporal y la propiedad sobre el cuerpo, en los que se ancla la experiencia trans y que históricamente han formado parte de la lucha feminista, necesariamente vincula nuestra política con una defensa de la gestación subrogada.

Hace unos días se anunció en medios de comunicación que en México la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) comenzó una serie de discusiones alrededor de la gestación subrogada y su estatus en todo el país. Hasta ahora se ha abierto la puerta a que sea cada Estado el que decida si regula las condiciones económicas de esta práctica, o si queda en la privacidad de las partes involucradas. La mediatización del debate en todo el país una vez más está llevando la discusión a los espacios feministas, y es importante que dentro del movimiento transfeminista repensemos las agendas a las que damos apoyo y hacemos parte de nuestras políticas. 

Un rechazo de la gestación subrogada no tiene que llevar a que el transfeminismo abdique de los principios de la autonomía corporal

Leah Muñoz Contreras

En lo personal, como mujer trans no me siento identificada con ninguna de las dos posiciones anteriormente descritas. No soy promotora de la gestación subrogada y, en cambio, en la gran mayoría de los casos como actualmente se realiza me parece ética y moralmente cuestionable. Considero que un rechazo de esta práctica no tiene que llevar a que el transfeminismo abdique de los principios de la autonomía corporal y la propiedad sobre el cuerpo, y mucho menos que tenga que construir una posición con los mismos argumentos que movilizan las feministas transodiantes para oponerse a esta práctica. Este breve ensayo es un intento de repensar la práctica de la gestación subrogada desde una perspectiva radicalmente transfeminista.

Gestación subrogada.

Gestación subrogada: de transgresiones tecnocorporeizadas y mercados reproductivos

Para comenzar vale la pena decir que la gestación subrogada es el proceso mediante el cual con el uso de tecnologías de reproducción asistida una persona, en su gran mayoría mujeres cisgénero, gesta un embrión (generado con gametos de progenitores distintos) para formar un bebé que entregará a alguna pareja o persona soltera. Estos acuerdos idealmente están mediados por el consentimiento informado de la mujer que gestará, y pueden tomar la forma de contratos comerciales o altruistas dependiendo los marcos legales del país donde se realice.

La diferencia entre la versión comercial y la altruista es que la primera es explícitamente ejecutada como un intercambio comercial en donde hay un pago económico a las mujeres por participar en estos procesos. En la segunda, muchas veces propuesta como una vía para cerrarle la puerta a la posible explotación de mujeres que podría generar la primera versión, lo que motivaría es la intención altruista de ayudar al proceso de formación de un bebé. Es por esto que puede haber o no compensaciones económicas entendidas no como un pago sino como una forma de retribuir a las mujeres por su tiempo invertido e imprevistos que surjan a lo largo del proceso. Aunque teóricamente esto parecería claro, algunas autoras han señalado que en los hechos muchas veces esa distinción no es tan clara y las compensaciones económicas terminan fungiendo como pagos que motivan la participación.

Es esta ambigüedad la que, de acuerdo con las sociólogas Melinda Cooper y Catherine Waldby, ha jugado para la formación de mercados reproductivos internacionales en los que empresas con clínicas privadas a lo largo del mundo se enriquecen de gestionar la conexión y los procedimientos médicos entre las parejas ricas del Norte Global con las mujeres gestantes del Sur Global, en donde la práctica suele ser abaratada y permitida. Por mencionar un ejemplo, de acuerdo con el diario El País, en México un paquete de gestación subrogada puede salir entre 500 mil y 700 mil pesos, la mitad de lo que cuesta en Estados Unidos, de los cuales entre 70 mil y 100 mil son destinados a las mujeres gestantes, y el resto se lo quedan las clínicas. Entre el 2013 y el 2015, el 95% de quienes solicitaban este procedimiento en el país eran extranjeros.

Este fenómeno en el que los procesos y materiales biológicos reproductivos quedan articulados bajo la lógica de la ganancia capitalista es al que muchas teóricas feministas y activistas han llamado biocapitalismo reproductivo. Este biocapitalismo plantea una serie de retos al movimiento de mujeres y LGBT+ ya que las tecnologías reproductivas así como permiten transgredir los cuerpos, la reproducción y la familia, erosionando los imaginarios cisheterosexuales, también pueden quedar insertas en proyectos que generen la opresión de algunas mujeres.

En el caso específico de la gestación subrogada, ésta permite que personas LGBT+ puedan tener hijxs biológicos al hacer de la reproducción algo ya no propio de la cisheterosexualidad. Si antes las sexualidades no-cishetero eran consideradas infértiles, ahora ni el cuerpo, ni la orientación sexual, ni la identidad de género son una limitante para la reproducción y el vínculo genético. La única limitante, en todo caso, es la que pone el capitalismo para poder acceder a cualquier mercancía: tener poder adquisitivo. Mientras unas mujeres y personas LGBT+, con poder adquisitivo y de clases medias y altas, pueden acceder al consumo de estos proyectos tecnológicos, otras mujeres, en su mayoría precarizadas, se ven arrojadas a participar en estos contratos para poder acceder a bienes y servicios básicos como la salud, la educación o la vivienda.

Esto último ha generado que algunas teóricas y activistas planteen que hablar de gestación subrogada es también hablar de explotación de los cuerpos de las mujeres en situación de vulnerabilidad. Lo anterior abre una serie de preguntas y preocupaciones morales, éticas, filosóficas y políticas sobre los derechos humanos, sexuales y reproductivos, el acceso a la ciencia y la tecnología, y a la justicia.

Transfeminismo y justicia reproductiva

A finales del siglo pasado, en la década de 1990, surgió en Estados Unidos el movimiento por la Justicia Reproductiva (JR) a raíz de una serie de críticas de las feministas negras a las feministas blancas. La idea central de la justicia reproductiva es que la experiencia reproductiva es un derecho humano que tiene que ser garantizado de manera digna y segura. Más específicamente, la JR se compone de (i) el derecho a no tener hijxs, (ii) el derecho a tenerlos, y (iii) el derecho a tenerlos en ambientes seguros y sanos.

Y para entender mejor la JR es importante mencionar brevemente que este concepto y movimiento surge a partir de que las mujeres de color criticaran las políticas feministas de las mujeres blancas centradas en el aborto. Señalaban que esto sólo rescataba la perspectiva e intereses de las mujeres blancas, ya que los cuerpos de éstas históricamente habían sido controlados por el Estado con políticas pronatalistas. En cambio, las mujeres negras habían sido marcadas por políticas antinatalistas y de desintegración familiar, al ser el Estado racista quien participara en la esterilización forzada de sus cuerpos y en la separación de los hijxs por considerarlas malas madres o incapaces de participar en su crianza.

Es por esto que el derecho a tener hijxs también tenía que ser una demanda central del movimiento de mujeres, pero no sólo eso sino tenerlos en ambientes seguros y sanos. De esto último se desprende que para el movimiento de la JR garantizar el derecho humano a la reproducción va ligado a generar cambios sociales estructurales que permitan que sea un derecho universal y no un privilegio de unos cuantos.

El derecho humano al acceso a las ciencias y las tecnologías no tendría que vulnerar la dignidad y la autonomía de los cuerpos de las mujeres

Siobhan Guerrero

Si esto es importante para la discusión de la gestación subrogada es porque, sin lugar a dudas, la reproducción y el acceso a las tecnologías que posibilitan la experiencia reproductiva –ya sea para posibilitarla o evitarla–, son un derecho humano. Sin embargo, las propias teóricas de la JR reconocen que no es un derecho absoluto en donde no importen las implicaciones éticas y los riesgos de quienes participan. Para ellas, hay que ser vigilantes de que los derechos humanos de quienes participan sean respetados. En un sentido similar, la filósofa Siobhan Guerrero ha señalado que el derecho humano al acceso a las ciencias y las tecnologías no tendría que vulnerar la dignidad y autonomía de los cuerpos de las mujeres.

En la gestación subrogada lo que vemos es que mientras que algunas acceden a este derecho en calidad de consumidoras, otras lo hacen en calidad de materia prima. El cuerpo de unas mujeres se vuelve un derecho que apropian otrxs. Y en este sentido, como lo señala la JR con su fuerte compromiso con los derechos humanos, un derecho que no es universal no es un derecho sino un privilegio. Pero, incluso si la gestación subrogada fuera un derecho universal, queda pendiente que no se vulneren los derechos humanos, la autonomía y dignidad de quienes participan en el proceso. 

Contrario a como lo suelen argumentar muchas feministas, la gestación subrogada en vez de aumentar la autonomía corporal de las mujeres, más bien parece disminuirla. La filósofa Anne Phillips señala que aunque es verdad que todos los cuerpos participan de cierta pérdida de autonomía corporal al ser mercantilizados en los contratos de trabajo de nuestras sociedades capitalistas, la gestación subrogada lleva al límite esa pérdida de autonomía al colocar el cuerpo bajo el control médico extremo por periodos de tiempo prolongados (nueve meses) que superan por mucho a cualquier jornada laboral. Además, a este control del cuerpo se agrega que las mujeres que participan de estos contratos tienen que abdicar de derechos humanos como el aborto.

La razón más fuerte que Phillips da para oponerse a los mercados reproductivos es que, asegura, ellos se anclan en la desigualdad social. Si los mercados en general son generadores de desigualdad, los mercados reproductivos dependen aún más de ella para existir. Que un sujeto otorgue una capacidad biológica, y no una destreza o habilidad humana, como medio de subsistencia, es algo que sólo puede pensarse en condiciones de extrema desigualdad (como también sucede en los casos de venta órganos). Y es por esta razón que una vez más se cuestiona qué tan autónomas son las decisiones de entrar en estos contratos en contextos de extrema desigualdad. 

Al contrario, parece que la gestación subrogada en vez de promover la justicia reproductiva más bien promueve y se apoya en injusticias reproductivas. La filósofa Alison Bailey ha abordado la gestación subrogada en India haciendo uso de la teoría de la JR. Ella da cuenta de que mientras no se garantizaban de forma universal servicios y derechos reproductivos a las mujeres en India, el país se había convertido en el destino de las clínicas reproductivas con las tecnologías más avanzadas. Su preocupación residía en que fuera la falta de acceso a derechos humanos garantizados por el Estado (incluidos servicios médicos para la salud reproductiva) lo que motivara a las mujeres a participar de estas prácticas.

Gestación subrogada.

La justicia reproductiva para las personas LGBT+ no tiene que conseguirse a costa de generar injusticias reproductivas a las mujeres

Leah Muñoz Contreras

Una perspectiva transfeminista radical tendría que considerar estos escenarios y contextos en que se implementan estas promesas tecnológicas. Una posición crítica con la tecnología implica reconocer que ésta es ambivalente y que no todas las tecnologías son emancipatorias para las mujeres. Un rechazo a estos proyectos tampoco tiene que comprometernos con un punitivismo que persiga a las mujeres que deciden participar en estas prácticas, aunque ciertamente no considero que lo mejor sea promoverlas y construirles un andamiaje legal para que las empresas se instalen a extraerle ganancia a los cuerpos de las mujeres. La justicia reproductiva para las personas LGBT+ no tiene que conseguirse a costa de generar injusticias reproductivas a las mujeres.

Por último, quisiera señalar brevemente un fenómeno al que han apuntado varias teóricas feministas. La retórica de la propiedad sobre el cuerpo dentro del movimiento feminista en el contexto del neoliberalismo ha desembocado en que a éste se le ha dado un significado mercantil. Esto resulta importante porque en el contexto de los mercados reproductivos, la retórica de la propiedad sobre el cuerpo puede llevar a que las mujeres sean colocadas en situaciones de vulnerabilidad. Para algunas filósofas y politólogas, como Rosalind Pollack Petchesky, hay que resignificar la noción de propiedad y alejarla de sus connotaciones mercantiles que ha adquirido en el contexto del neoliberalismo en donde la noción de propiedad se ha absolutizado dándole a las empresas la oportunidad de hacer uso del cuerpo de las mujeres (véanse algunos debates en YouTube en donde médicos de clínicas privadas defienden la gestación subrogada por estar ligada a los principios feministas de la propiedad del cuerpo). Históricamente la apelación a la propiedad del cuerpo en el feminismo ha estado asociada al autocuidado y la autodefinición.

Con lo dicho en todo este texto, el rechazo a la gestación subrogada no tendría que significar una vulneración de la autonomía corporal de las mujeres sino un rechazo a que el mercado busque disminuirla al apoyarse en una retórica mercantil de la propiedad sobre el cuerpo.

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