Infancias trans: los otros invisibles

Cuando era pequeño siempre quise ser bailarín y no me dejaron; a pesar de que ninguna otra actividad física me hacía feliz, no era lo esperado para mí, y además, no había escuelas de danza que aceptaran “varones” en Villahermosa, Tabasco.

Cuando mi hermana iba en la primaria siempre quiso una Barbie con el pelo rizado y la piel morena como ella; la consiguió hasta los 10-12 años porque una tía viajó a Estados Unidos y le regalo a Christie, la amiga afroamericana de Barbie, una muñeca con una cabellera hermosa y un jumper plateado.

Durante su niñez mi madre siempre quiso ser aeromoza y no la dejaron, pues mi abuela muy a pesar de defender que cualquier trabajo dignificaba no quería que su hija fuera “mesera en un avión”; terminó volviéndose maestra y lleva más de 3 décadas al servicio de la educación. Mi madre me inculcó el amor por su profesión y también gracias a ella decidí dedicar mi vida a velar y trabajar por el bienestar de la niñez y la adolescencia.

Vivimos en 2021 y es sorprendente que tantos asuntos acerca de las vivencias, deseos y necesidades de las personas menores de 18 años sigan siendo ignoradas. Pasando del acceso universal a la educación, hasta cosas que debieran ser más sencillas como la representación en medios de todos los géneros, cuerpos y colores de piel (porque bien dicen que “nadie puede ser lo que no sabe que puede ser”).

En 2014 la organización no gubernamental Mexicanos Primero publicó Los Invisibles, un reporte que puso sobre la mesa el gran abandono en el que se encontraba en ese momento la primera infancia en nuestro país, dando especial énfasis a los niveles bajísimos de inscripción a educación inicial en todo el territorio nacional. Los Invisibles fue uno de los motores detrás del movimiento que culminó con la publicación en 2020 de la Estrategia Nacional de Atencion a la Primera Infancia (ENAPI) por parte del gobierno federal, teniendo como fin “proporcionar a la niñez de México desde su nacimiento, un trato y acompañamiento que los reconozca como personas con plenos derechos y seres a los que se les procure amor y un cuidado cariñoso.”

Es tiempo de comenzar a hablar de Los otros invisibles: las infancias trans y no binarias; esas infancias a las que México les ha fallado en más de una ocasión y para las que no existen en la actualidad leyes que otorguen protección, una sociedad comprensiva y preparada, educación pública sensible e inclusiva, ni mucho menos servicios de salud gratuitos y de calidad.

En México se toma a la primera infancia como el periodo comprendido entre el nacimiento y los 6 años, siendo también éste el periodo en el que suele afianzarse la identidad de género y en el que una persona puede decir casi con certeza “soy niño” o “soy niña” (lo cual es bastante distinto a “me molestan los moños” o “me gustan los vestidos”; hay que desaparecer esa idea absurda de los cerebros de colores).

La Ley General de Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes incluye entre muchos puntos el derecho a la identidad, que a su vez implica el tener un nombre y que éste sea respetado; cualquier persona debería poder realizar trámites de cambio de género e identidad en documentos legales con facilidad y sin que su edad fuera un obstáculo. Se nace con derecho al mismo trato y oportunidades para que las libertades fundamentales sean reconocidas, gozadas y ejercidas, incluyendo el derecho sobre el propio cuerpo; recordemos siempre que somos personas desde el momento en que llegamos al mundo. El derecho a la salud y la protección de la vida también son esenciales; sabemos que la esperanza de vida de una mujer transgénero en México es de 34 años por distintas razones entre las que se incluye el suicidio. ¿Asegurar una transición oportuna, acompañamiento y apoyo desde lo más temprano posible no son una forma de salvarles la vida?

Existe esta tendencia totalmente errónea y centrada en el adulto en la que las personas solemos tomar decisiones acerca de niñas, niños y adolescentes basándonos en “lo que yo creo que es mejor” o “lo que yo quiero para su bienestar”, cuando la realidad es que deberíamos asegurar siempre que tengan simplemente “lo que necesitan”. Todas las personas tenemos las mismas necesidades básicas y nunca debemos dejar de lado al amor, el cariño, el apoyo y la comprensión.

Los programas de educación médica no suelen incluir un temario específico acerca de atención a población LGBTI+; menos aún los programas de educación en Pediatría. Para muchos pediatras, hablar de identidad de género e incluso de educación sexual básica suele ser un tema incómodo, pero tiene que empujarse; muchos médicos no lo hacen por un infundado temor a “manchar su imagen” o a “perder pacientes”.

México cuenta con profesionales con formación en Endocrinología Pediátrica capaces de valorar adecuadamente y llevar el seguimiento a cualquiera que en un momento dado llegara a requerir bloqueadores de pubertad u otros tratamientos, lo que no existe en este momento son servicios de salud accesibles, médicos generales o Pediatras con la formación y la sensibilidad para brindar atención básica a esta población en específico.

En Estados Unidos existen casi media centena de programas de atención clínica creados para atender a población pediátrica y adolescente con identidades de género disidentes, mientras en México al momento no se cuenta con un solo centro de este tipo. Incluirles en los programas para adultos y brindarles espacio en los mismos lugares no tendría sentido ni sería lo más ideal, pues las necesidades que tienen estas personitas y sus familias son muy distintas a las de los usuarios para quienes fueron creados.

Los pacientes de los y las pediatras no son los padres de familia ni la sociedad, son las niñas, niños y adolescentes; debemos actuar en consecuencia. Las infancias trans se merecen personal médico preparado y somos nosotros quienes tenemos la obligación de seguir educándonos y de hacer entender a una buena parte de la sociedad y del mismo gremio que atender a menores con identidades trans o no binarias no es administrar tratamientos hormonales a cualquiera que se pare en el consultorio, como muchas personas creen: implica cosas más “simples” como acompañamiento escolar, apoyo familiar, respuestas adecuadas y atención por los mismos padecimientos por los que cualquier otro menor puede requerir valoración pediátrica.

En algunos años voltearemos al pasado y veremos todo esto como una etapa más en la historia. En este momento el cambio está en nuestras manos y es labor de todes conseguirlo. El odio y la intolerancia se combaten señalando las injusticias, empujando límites, educando en cada oportunidad y dando visibilidad a las minorías.

A veces dicen que lo que no se ve no existe; a las infancias y adolescencias trans/no binarias de nuestro país les sucede algo paradójico: existen, es hora de que sean vistas.

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