De silencios y palabras. Los transfeminismos de la hispanidad

De silencios y palabras

Hace unas cuantas semanas se publicó en España el libro Alianzas Rebeldes. Un feminismo más allá de la identidad en el cual tuve la oportunidad de participar con un texto que invita a reexaminar las dinámicas intelectuales y políticas de la hispanidad a la luz del pensamiento decolonial. Aquel libro es un intento por articular una alternativa a una serie de posturas que hoy parecen dominar gran parte del pensamiento de izquierda. Concretamente, el libro se posiciona frente al punitivismo, al identitarismo / esencialismo y, finalmente, ante una serie de posturas que son calificadas como anti-sexo.

            En cualquier caso, hay un aspecto del libro que merece una discusión más fina y que tiene que ver con el auge de las lógicas identitarias / esencialistas que hoy son tan populares. Hablo específicamente de ciertas formas de operar en el espacio político que muchas personas retoman y que conducen al silencio. Si bien los autores que abordan estos puntos no lo hacen de una manera homogénea, podríamos sugerir que su preocupación orbita alrededor de la siguiente formulación: “si usted es hombre (o cisgénero, o heterosexual, o blanco, etc.), entonces debe callarse y escuchar cuando se habla de feminismo (transfeminismo / movimiento LGBT / antirracismo, etcétera), o cuando hablan las mujeres (o las personas trans, LGBT, racializadas, etc)”. Como bien se señala en el libro, en la actualidad todo buen aliado sabe que su lugar es el silencio y que nunca jamás debe aspirar a ser parte de un movimiento identitario si resulta que no encarna tal identidad.

            Esta apuesta, como bien señalan autores como Miquel Missé, Josetxu Riviere y Sejo Carrascosa  resulta sin embargo problemática pues fomenta una comprensión esencializada de la política en la cual los saberes situados se convierten en cárceles epistemológicas a las que nos han condenado los determinismos biológicos o sociales. Esto es así porque pareciera que ni la imaginación política, ni la empatía, ni la propia escucha son capaces de hacernos comprender al otro. La alteridad se fuga radicalmente a una posición inasible e inaccesible. Ese otro radicalmente otro al que se nos dice que debemos escuchar está sin embargo radicalmente ausente en su cercanía; es un habitante de Babel y todo lo que nos dice se pierde en ese abismo de la diferencia. Menudo problema el construir un horizonte común si nadie puede hablar y, aunque lo haga, no nos resultará inteligible.

            Ahora bien, muy probablemente muchas personas que me están leyendo sientan que se caricaturiza un fenómeno más complejo. Evidentemente así es. Sin embargo, detrás de esta caricatura hay una preocupación real que muchas personas trans españolas comparten y que en México nos resulta ajena. Según me han contado, la gran demanda que hace cierto transfeminismo español es evitar a toda costa la censura y fomentar el diálogo y el libre intercambio de ideas. Por el contrario, acá en México muchas personas trans pedimos que se nos escuche, que no se le dé voz a las expresiones transfóbicas y que no se le dé plataforma al discurso de odio. Es claro que estamos defendiendo estrategias políticas muy distintas y que pueden parecer casi antagónicas.

            Empero, yo querría evidenciar que ni acá en México somos fascistas ni allá en España son insensatos. De hecho, aunque no lo parezca en un primer momento, hay en ambas posiciones un elemento común pero que no es fácil de identificar si sólo atendemos a las demandas más obvias. En primer lugar, la relación entre las personas trans, los medios, la población en general y la clase política es muy distinta en México y en España. Allá, los medios están dominados por posturas transfóbicas que no le dan voz a personas trans y, cuando lo hacen, distorsionan profundamente sus ideas.

            Por el contrario, acá en México la clase política parece enfrascada en una guerra fratricida en la cual ni la voz de las personas trans ni de muchas otras corrientes es escuchada. Eso sí, hay algunas pocas voces tanto en la política como en los medios que hacen eco de las voces trans. Gracias a eso se han obtenido importantes avances legislativos en los últimos años. Esto desde luego no implica que estamos mejor que en España pero sí implica que el paisaje es diferente.

            Si allá el movimiento trans exige la libertad de expresión y el fin de la censura, es porque no tienen una voz que incida en la clase política. Si acá el movimiento trans exige la escucha y el combate al discurso de odio, es porque la transfobia (aún) no es hegemónica en los medios o en las clases políticas. Acá se busca por tanto evitar una discusión en la cual España ya está enfrascada y que en México querríamos eludir pues amenaza con aumentar las vulnerabilidades de nuestra población.

            ¿Qué tienen en común ambas posturas? Básicamente, que en ambas se evidencia lo que en filosofía política se conoce como el problema del reconocimiento del otro. Este problema ha sido abordado tanto desde la Teoría Crítica (p. ej. Axel Honneth) como desde los enfoques poscoloniales y decoloniales. De manera sucinta, en todos estos enfoques se realiza una crítica al deliberacionismo y a la democracia liberal al considerar que ésta presupone una igualdad entre los sujetos que conforman a una sociedad que sencillamente no existe. Si el subalterno no puede hablar, como dice Gayatri Spivak, es porque no es reconocido como un igual; muchas veces ni siquiera es reconocido como un ser humano. Sus acciones no son leídas como actos políticos y sus protestas son reducidas a agresiones “incivilizadas y violentas”. La deshumanización del otro socava así la posibilidad misma de la deliberación porque si el otro no es humano, entonces de qué sirve darle la palabra. Peor aún, dejarle participar en el ágora es abrirle la puerta a los bárbaros que no sólo no saben dialogar sino que son una “amenaza” para la democracia y la sociedad.

            Todo esto me lleva al punto del porqué escribí un ensayo sobre decolonialidad en un libro que será leído fundamentalmente en España. En primer lugar, porque creo que al transfeminismo le hace falta una lectura decolonial; y no hablo únicamente de México o América Latina. Al transfeminismo español, incluso el transfeminismo español más blanco, le hace falta decolonialidad. Esto es así porque su diagnóstico del problema está construido bajo los supuestos del deliberacionismo y en ese sentido se les escapa que el problema del reconocimiento del otro no se resuelve fomentando la libertad de expresión y la crítica plural, no mientras las personas trans sigamos ocupando el lugar de lo abyecto o de lo no humano. Su diagnóstico resulta ingenuo en realidades como las latinoamericanas porque una apertura al diálogo presupone el reconocimiento del otro como persona y como ser humano; eso aún no ocurre. Incluso allá en España los efectos del discurso transfóbico no consisten únicamente en el silenciamiento de las voces trans; sus efectos no son meramente epistémicos sino que tienen un alcance ontopolítico. Construyen a lo trans como algo abyecto y amenazante y que, por ende debe ser regulado o expurgado de la sociedad.

            Esto es, tanto allá como acá no hay una mera asimetría comunicacional, lo que hay es una asimetría ontopolítica en la cual los modelos coloniales/modernos de entender al cuerpo sexuado, todos ellos plagados de sesgos cis-heterosexistas, producen posiciones radicalmente asimétricas en el plano mismo del ser. La colonialidad del saber y del poder produce, como han dicho Mignolo y Lugones, una colonialidad del ser que universaliza, naturaliza y legitima al cis-hetero-patriarcado. De allí que la resistencia a esta ola de transfobia requiera dar un paso atrás tanto de las simplezas que creen que el silencio basta –no lo hace si en el camino re-esencializa– como de aquellas otras que creen que con la palabra basta –no lo hace si en el proceso valida como interlocutor al discurso que una y otra vez nos deshumaniza–.

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